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EL JARDÍN DE LAS DELICIAS, de Paula Ruggeri
148 páginas
Formato: 20 x 14 cm.
ISBN 987-987-22090-4-9

Diseño e ilustración de tapa: Carlos Daniel Joaquín Vázquez
Precio de venta: $45 - Disponible en librerías en abril

 

Una aventura de héroes eternos en la Buenos Aires contemporánea.

Ulises es castigado a vagar eternamente por las centurias sin el descanso de la muerte, en un mundo donde los viejos dioses han muerto, abandonados por el hombre. Desde una Buenos Aires actual parte en un extraño viaje con el propósito de acabar con su castigo y conocer a su enemigo, a través de un infierno donde encontrará a un antiguo guía de Dante, y a una mujer con el sensual y duro encanto de las sirenas. Ulises, héroe astuto, erótico y conflictivo, tramposo y egoísta, enfrenta una aventura como hay pocas en la literatura fantástica contemporánea.

El jardín de las delicias es el quinto libro publicado de la escritora argentina Paula Ruggeri.

 


Fragmento

Avenida Rivadavia, medianoche. Grupos de jóvenes y no tan jóvenes con pinta de retornar de una juerga esperaban los colectivos que los sacaran de allí. Llegarían a sus casas a comer, dormir, pelear o hacer el amor. Más que probablemente los ronquidos de sus padres los recibirían y habría más de una escena como la del célebre Graco, el hijo imbécil, llegando a casa de su honrado y trabajador padre, Claudius Cualquierus. A Ulises le gustaba Asterix, como todas las buenas parodias de las eras pasadas y transcurridas por él en su largo periplo. Los equívocos de los historiadores, en cambio, lo divertían rara vez. Había varios Gracos Cualquierus a esa hora en la avenida Rivadavia, última esperanza del juerguista insomne de encontrar colectivo un día de semana, alguna que otra pareja somnolienta, alguna heroína solitaria lanzando temerosas miradas de soslayo sin poder disimular bostezos... todos invariablemente mal vestidos de negro, con mochilas balanceándose. Y más de un desesperado por tabaco caía en el único kiosco abierto a la vista, oasis de fumadores con síndrome de abstinencia.
Ulises hubiera querido que el siete por Medina lo llevara a cualquiera de esos destinos vulgares, pero allí estaba ejecutando un plan extraño, que tal vez no fuera de él, ni de Morfeo. Desde que la muerte le era esquiva sospechaba que sus pasos eran rigurosamente controlados y que participaba en un plan vasto y ajeno. Esa sospecha, una idea que a veces consideraba sólo una manía persecutoria, lo atacaba cada tanto. Su sensación era que la realidad que vivía era sólo un cuadro, un cuadro pintado por una mano maestra, extraordinariamente vívido. Y sentía que la tela podía rasgarse y entonces vería el verdadero mundo, la extraña y temible realidad. Cuando pensaba esto, se asustaba verdaderamente. Creía que por fin lo había vencido la locura.
Tal vez fuera así, porque ahora sentía que la tela iba, por fin, a romperse. Y se disponía a pasar al otro lado, al lado oscuro, la sinrazón de los orígenes, a conocer el atelier del pintor. Sabía que éste era el más peligroso de sus viajes. Pero dudaba.
Dudaba hasta de la certeza de que había visto un librero fantasma y de que todo eso fuera cierto. Dudaba que fuera posible semejante viaje, que hubiera un destino al cual partir. Dudaba de Morfeo, de la pitonisa, de Matías Losada. Pero si por un segundo creía que Morfeo había enloquecido, al siguiente se preguntaba cómo su locura podía coincidir con la de la pitonisa, esta sí, comprobadamente loca. Y sus dudas chocaban contra la simetría inocultable de esas tres personas, que semejaban más tres figuras borrosas, misteriosamente concertadas, tras un mismo fin.
Ahora esperaba, ensimismado en sus pensamientos. Si existía el colectivo del infierno, tal vez faltaran horas para que llegara. El misterioso ramal por Medina de la Línea Siete no figuraba en ninguna guía, excepto en la de Matías Losada. Sentía las piernas cansadas y la cabeza pesada. Estaba tan harto de su semana que el viaje a la muerte con el Siete no sería nada si es que el Siete por Medina venía con asientos libres. Ansiaba dormir, dormir pero soñar. De lo contrario, no retornaría.
“Dormir y soñar. Soñaste milenios, Ulises. Estás muy cansado. La muerte sería el último puerto a tocar. Un hermoso naufragio final.”
Sabía, sin necesidad de girar la cabeza, que nadie había pronunciado esas palabras. Y que ningún psiquiatra iba a apagar esa voz. Esa voz dulce, de mujer suave, con un ligero timbre exasperado. La voz de una bruja un poco harta, esperando que surta efecto el maleficio. Ulises dominó con dificultad su sensación de pavor, la punzada de angustia que le producían las voces, ajenas e ingobernables. Dolorosamente inaudibles para el resto del mundo. Voces del infierno, en concierto exclusivo para él, que no podía sentirse un privilegiado por eso.
Ahora trató de pensar fríamente. Frente al comienzo inminente de su viaje, no estaba tan seguro de lo que deseaba. Había preparado una mochila con algunos alimentos, una cantimplora, pocas cosas, tal vez, seguramente, absurdas e inútiles. Mientras lo hacía se sentía algo estúpido. Parecía que se preparaba para una excursión corta de fin de semana. En realidad, esos pobres preparativos (no tenía idea de qué podía necesitar) le habían dado un poco de seguridad, que acompañaba sin perjuicios al convencimiento de lo absurdo que era todo y de lo estúpida que era toda prevención.
A pesar de eso, cargó la mochila. Ahora, frente al comienzo de la excursión, que no iba a ser un recreo, se preguntaba por qué había aceptado. La vacilación era propia de él, como la prudencia. Pensó que podía no retornar nunca. También pensó que si no volviera, descansaría por fin.
Pero tal vez, en la región de Medina, no fuera posible el descanso. Eso era lo que iba a averiguar.
“O tal vez ya no quieras regresar, Ulises”, dijo la voz. Al oír otra vez esa voz torturante, se apoderó de él una resignación sombría, fría como la desesperación cuando ya no se espera nada.
Pero esperaba.
Oyendo rugidos lejanos, los dormidos se despabilaron de golpe. Un colectivo con un vaho ligeramente azul llegaba por fin. Ahora estaban todos atentos y listos para levantar la mano. El Ochenta y Seis por Laguna, famoso desde la canción de Joaquín Sabina, se llevó a algunos afortunados. Concretamente, a todos menos a Ulises y a una pequeña dama de negro, la heroína solitaria.
Quedaron solos evitando mirarse hasta que para sorpresa de Ulises, la temerosa mujercita de la madrugada se le acercó resuelta.
—¿Hace mucho que esperas? —preguntó ociosamente la chica, de unos veinte años y ligeras ojeras azuladas. Llevaba el pelo muy corto y las uñas de negro.
—¿A ti qué te parece? —contestó cansado.
Ella no contestó. Lo miraba con interés y sin disimulo.
—Te pareces a alguien —le dijo—. A un héroe de historieta, pero no me acuerdo cuál.
—Si esperas protección, te diriges al héroe equivocado. Nunca pude proteger a ninguna chica joven de mí.
—Yo me puedo proteger sola —contestó la mujer un poco arrogante y se alejó otra vez.
Él se encogió de hombros. No tenía ánimo conversador. Pero observó que ella lo seguía mirando. Al fin se le acercó de nuevo.
Ulises se divirtió un poco afectando indiferencia. No venía mal, para amenizar la espera, jugar un poco.
—Yo te digo lo que quieres saber, pero no necesito tus insinuaciones —le dijo brusca—. El Siete por Medina llega a las tres menos cuarto. Una hora y cinco minutos después del Cinco por Lacarra. Indefinidamente más tarde que el Siete a Samoré. Soy tu guía de colectivos.
Eso despertó su interés. Hasta entonces no se había tomado en serio a la chica, que lo fastidiaba un poco. Ahora sus palabras encendieron una pequeña luz de alerta y la miró con atención.
Era pálida y no tenía el pelo muy corto, sino recogido y negro. Las uñas pintadas de negro eran muy largas. La campera oscura, deportiva, anunciaba su gusto por La Renga. Llevaba unas babuchas amplias, también oscuras, y las botas, como detalle insólito, eran blancas y con tacos. La mochila colgaba vacía. En conjunto, su atuendo era algo estrambótico, un rejunte de cosas que podía significar que su ropa no le importaba en absoluto o, por el contrario, que la había vestido un gran diseñador de modas.
Ulises no perdió el tiempo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó sonriendo. Su sonrisa era amplia y brillante y de costado asomaban sus colmillos, muy blancos, en un fuerte contraste con la piel atezada.
—Isolda —respondió la chica, con voz suave, casi tenue—. Y yo también espero para ir a Medina.
—¿Y cómo sabes que yo viajo a Medina? —mantenía la sonrisa. Alguien que no fuera la jovencísima Isolda, hubiera pensado que era una sonrisa peligrosa.
Ella hizo un gesto de impaciencia.
—Porque lo sabemos todos —respondió.
—¿Quiénes son todos?
—Todos los que viajamos a Medina. ¿Fumas? —de sus bolsillos extrajo un paquete de cigarrillos, arrugado. Le ofreció uno.
—Fumo sólo cuando me aburren.
—¿Te aburro?
—Un poco —dijo él y afectó un aire de falsa indiferencia.
No engañó a Isolda, que le alargó el paquete. Extrajo uno para ella también, luego de que él sacara el suyo. Sus ágiles dedos bailaron un poco hasta que una blanca llamarada surgió de ellos, entonces lo encendió. El raro fuego alcanzó a encender los dos cigarrillos, para sorpresa del viejo marinero.
—Eres ilusionista. Y tu acento no es argentino, aunque hablas como una porteña. —afirmó sin estar muy seguro.
—No. Mis manos se están incendiando eternamente desde que mentí mi amor. Es cierto, hablo como porteña aunque no lo soy. Es costumbre. ¿Te sigo aburriendo?
—Sí —él dijo esto con brusquedad. No sabía por qué la joven despertaba en él un sentimiento de enojo, mezclado con una violenta sensación de agrado. Linda e inaccesible. Humano al fin, a Ulises lo enojaban el yo y la circunstancia de una mujer que se le podía negar.
—Difícil de conformar —dijo Isolda—. El señor Ulises. Parece que la única historia interesante es La Odisea. Los filtros del amor no le impresionan y los tristes amantes separados tampoco.
—¿Lo del filtro de amor es cierto?
—No. Si lo fuera estaría muerta hace cientos de años. No estaría condenada. Tristán y yo fuimos sentenciados porque nuestro amor era verdadero y a mí no me importó casarme con otro y ser adúltera, traicionándonos a nosotros mismos y al rey mi esposo —dijo sin ironía—. Por eso él está en Medina y yo estoy acá. Mi castigo es verlo a través de la niebla y nuestra mayor tortura es escuchar los gemidos y las palabras de nuestro amor pasado. Nos sentimos arder por dentro hasta quemarnos el corazón de deseo sin satisfacción. Eso es el Infierno, Ulises. La promesa del Cielo. ¿Más entretenido ahora?
—Me sigues aburriendo —dijo, aparentando una indiferencia que estaba lejos de sentir. Por el contrario, estaba cada vez más interesado en la información que ella podía proporcionar. También le había dado el primer aviso de que el colectivo fantasmal existía y de que el viaje era real y estaba ahí, al alcance, próximo. Eso hizo latir fuertemente su corazón, repentinamente exaltado. No le importaba de Isolda otra cosa que lo útil que pudiera ser, pero le interesaban un poco en esos labios rojos y esos ojos oscuros. Le dijo con un fingido desinterés.
—Te escucho por cortesía y porque me convidaste un cigarrillo.
—¿Por qué sos tan grosero? —ella lo miraba con reproche.
—Por recuerdos de errores pasados.
—No sé de qué errores se trata, pero te aclaro que no te seduzco. El único hombre para mí es Tristán —suspiró largamente y por primera vez desde que hablaba con ella, Ulises percibió su vejez bajo la piel lozana—. Y ése es el Infierno. Toda la eternidad separada del único hombre y condenada a vivir entre sus sombras.
—¿Sus sombras?
—Tú eres una sombra de Tristán entre muchas sombras.
—¿Qué sientes cuándo te besa una sombra?
—Nada.
—Nada absolutamente
—Nada —repitió absorta.
Ulises la tomó en brazos y la besó largamente. Isolda era bella y no lo aburría en absoluto.
—¿Qué sentiste? —preguntó al respirar al fin.
Isolda sonrió triste.
Ulises tomó nuevamente su cintura.
—¿Qué sentiste? —murmuró ronco.
Ella dijo lento, sin verlo:
—Frío.
Él ocultó una mueca de bronca. No la había sentido nada fría.
—Hay muchas cosas que quiero saber de ti —dijo—. No me alcanzará la noche para saber lo que quiero saber. Necesitaré mucho tiempo para conocerte completa. Quiero saber por qué, por ejemplo, tienes frío cuando te besan. Tendré que besarte muchas veces.
Ella rió, suave.
—Ya sabía que mentías con facilidad. No tienes tiempo para conocerme. Y no creo que te interese tanto. Me recuerdas a los caballeros de otros tiempos. Hablaban de amor cuando se sentían ardorosos, pero no amaban más que a su espada. Sólo le buscaban una suave envoltura. Las damas incautas se entregaban y al despertarse ellos ya no estaban en el lecho ni sus caballos en el establo. Y aunque no fuera ése tu caso, porque no todos los héroes emprenden sus hazañas por amor a sí mismos, tú ni siquiera dispones de esta noche. Sé bastante sobre ti, Ulises, y sobre tus viajes.
—Me admiras —dijo Ulises e hizo una pausa para darle un beso, que aprovechó para pensar bien sus palabras. Así que el beso fue largo y húmedo, acompañado por el juego elocuente de sus manos. Isolda exhaló un suave quejido. Él entonces se alejó un poco, apenas lo suficiente para hablar claramente.
—Me admiran, Isolda, tus palabras y opiniones. Si los caballeros buscaban una suave envoltura para sus espadas ¿las dulces damas no se las proporcionaban con placer? Yo creo que es algo bueno de probar. Pero la calle no es el mejor lugar. Si el Siete llega a las tres y cuarto no cuesta nada esperar en un lugar más cálido.
—Este lugar está bien.
—Tú eres el lugar cálido.
Isolda sonrió. Los ojos se perdían en las manos de Ulises.
—¿No te desalientas nunca?
—¿Con una mujer hermosa? Nunca.
—No crees en los imposibles.
—No. En mi vida nunca hubo un imposible. Para mi desgracia, no existen los imposibles. Hubiera creído imposible conocer a la bella Isolda, una mujer nacida cientos de años después de mí por obra y arte de un poeta inspirado, y acabo de besarla en los labios. Tus labios arden ¿sabías que estás ardiendo? Pude sentir tu vientre bajo la ropa, sentir los furiosos espasmos pasados. Toda tu vida respira en tu piel y sólo por haberte sentido una vez, me siento capaz de escribir versos. Y no soy poeta.
—Eres una sombra, Ulises —dijo ella con tristeza—. Una sombra entre millones de sombras del único hombre. Ya lo sabes.
Por toda respuesta, Ulises la tomó de la mano, abrazó su cintura y empezó a caminar. Isolda también caminó, dejándolo hacer.

La habitación era sórdida y la piel de Isolda era tersa y Ulises era fuerte y además se sentía desconsolado. Ella estaba tibia y húmeda y él enérgico, casi violento, ansioso de su vientre, blando como el agua. Ella le hablaba: “Quiero vivir, vivir para siempre”, dijo. Él la hizo callar besándola hasta que sus labios sangraban.
Sólo soltó su boca para descender al vientre blando y tibio y entonces entre largos suspiros, la voz de Isolda, tenue como luz de luna reflejada, murmuró palabras angustiosas.
—La oscuridad. La oscuridad —la oyó Ulises exclamar dolorosamente, entre quejidos exhalados, arrancados por sus labios a la carne blanda. Así que la abrazó, desnuda y frágil, abrió sus piernas flexibles y largas y halló su suave envoltura, su ardiente abrazo profundo. La necesitaba, porque estaba tenso, porque era un hombre duro, un héroe de carne en que se vislumbraba la piedra. Necesitaba su suave, líquida ternura. La tenía abrazada y unida a él, acoplados, inseparables como la flecha dorada del cazador en el corazón de un pájaro.
El reloj corría minutos desesperados, y la esperanza del hombre era que el tiempo eterno se olvidará de él y de ella y amanecer entre los brazos de una mujer y no abordar jamás el infierno. La mujer susurraba en una lengua desconocida, y desmayaba y gemía. Ardía ella y ardía él y acabó en el preciso instante en que ella gritó y olvidó.

Caminaron agotados y a paso acelerado las pocas cuadras que los alejaban de la parada y comprobaron que sobre el monumento no había nadie. A los pocos minutos el rugido cercano anunció al Cinco por Lacarra, que pasó a gran velocidad, sin pasajeros.
Una bruma intensa se adueñó del asfalto, surgiendo por todas partes. Isolda besó la boca de Ulises, la sombra del año. La besó triste y hondamente hasta que la bruma estuvo entre ellos y los separó un poco. Tristán surgía de la sombra y de la niebla, y la muerte estaba entre ambos. Entonces Ulises vio que esa carne, esa Isolda que lo había enloquecido y había llevado su alma tan lejos con tan poco esfuerzo, era ella misma una sombra, un espíritu flotante, un fantasma dormido. De ambos, sólo él viajaría a la muerte. El hombre de los cartones se levantó y llegó flotando en la niebla. Porque Ulises era el único, en la ancha avenida Rivadavia, que estaba vivo.

El colectivo tenía la luz roja encendida y el coche no tenía más que tres asientos libres. Isolda se sentó sola, rodeada de un halo gris y triste, infinitamente lejos de la Isolda que abrazó con sus piernas a Ulises. El viejo de los cartones se sentó en el piso y se tapó con un diario. Ulises se sentó al lado de un joven de ojos negros y tristes.
Muchos eran jóvenes, todos estaban tristes, todos eran sombras. Todos tenían cercos rojos bajo los ojos, todos estaban cabizbajos.
Todos están cansados. Todos están muertos.
Pronto la velocidad del colectivo aumentó y la atmósfera se condensó. Había humedad en las ventanillas, de súbito negras. La avenida estaba a oscuras. Todo era negro. La ciudad ya no existía.
Era el reino de la muerte.

Era el reino de la muerte pero no del silencio. Un gemido desgarrador se oyó lejos como un aullido de lobo. Otros aullidos respondieron. Los pasajeros aseguraban las ventanas, comprobando que estaban bien cerradas. Sin embargo, en su tristeza estaban tranquilos. Ulises miraba hacia afuera, sin lograr ver nada más que un manto opaco. Todo era negro, una oscuridad densa con gotas de humedad en los vidrios, tan densa que parecía que los hubieran pintado.
Un aullido potente y agudo sonó muy cerca en sus oídos. Se sobresaltó, miró un poco a su alrededor, pero todos estaban tranquilos, como si no hubieran oído nada. Miró a Isolda, que dormía en su asiento, ajena a todo. Un poco más tranquilo, se acomodó en el asiento.
Entonces una uña roja y repentina se clavó en el vidrio. Parecía de sangre sólida, casi como si a la ventana la hubiera desgarrado una herida súbita, como si sangrara el cristal. El gemido no se hizo esperar, y pronto fueron voces, voces exasperantes y angustiosas. La Desesperación le hablaba al oído, enloqueciéndolo, el Pavor lo azuzaba, el Miedo lo socavaba, esas tres voces lo rodearon y lo sedujeron, como puede seducir a un niño incauto y solo, loco de miedo, una ronda de brujas en el bosque.
—Déjame... —susurró una voz femenina, de ecos fantasmales. El susurro como un viento penetrante cruzó los vidrios y habló al pecho de Ulises—, ...déjame entrar, por favor. Me estoy muriendo... Necesito sentarme. Estoy muy cansada. Te prometo que te daré las gracias. Déjame entrar... —Esa voz lastimera hablaba en un sollozo largo, lacerante, infinitamente triste... Penetró la mente de Ulises como un cuchillo afilado y como un cuchillo se revolvió hasta que en un impulso ciego e incontrolable abrió la ventanilla.
El ataque fue veloz, sucedió en tan solo unos breves minutos espantosos, una vorágine tan vertiginosa que Ulises apenas supo qué pasaba. Las uñas se le clavaron en el rostro y el estómago y la sangre corrió a raudales por sus piernas. Sus esfuerzos no eran suficientes para sujetar a todas esas arpías que gemían y se le prendían, hundiendo sus largas garras afiladas, abriendo sus fauces sangrientas, tratando de abrirse paso. Gritaban sin control, se aferraban a él con sus garras, sentía las uñas en los nervios, clavadas en el cerebro, prendidas en el corazón... Escuchó un clamor ahogado, unos gritos difusos que pedían un extinguidor, cuando lenguas de fuego empezaban a lamer sus piernas...
Un torrente fuertísimo de agua fría lo empapó, aliviándolo y segundos después un súbito y oprimente silencio cayó sobre él con la oscuridad más absoluta y agobiante.
Estaba muerto. Sentía que estaba muerto así que no podía estarlo. Permaneció en la nebulosa oscura y angustiosa minutos que parecieron siglos.
Hasta que una voz chillona y vibrante lo devolvió a la realidad.
Se escuchó insultar primero y luego recuperó la vista, borrosa durante minutos interminables. El chofer, un hombre robusto de pelo largo y entrecano, y otro hombre con el matafuegos todavía en los brazos, lo insultaban duramente. Oyó la voz de un joven que intentaba defenderlo.
—Él está vivo. No entiende.
Trató de ver quién era el que lo defendía. Como si estuviera viendo a través de un velo, le pareció que era un adolescente de pelo largo y negro y cuerpo muy delgado.
—Suéltalo.
Se sintió caer. El piso del colectivo estaba mojado y grasiento.
Imbécil, se oyó insultar. El chofer ofuscado le arrojó un puñetazo, que le cruzó la cara. Volvió a sentirse caer, en un mareo profundo y persistente.
Estaba caído. Pero aún así se sentía descender cada segundo a un pozo sin fin, tal era su mareo. Las sombras que lo rodeaban, amenazantes y furibundas, de a poco comenzaron volver a sus asientos, excepto dos o tres que todavía tenían ganas de castigarlo. Se había ganado el odio de todo el pasaje del colectivo fantasmal.
—Déjenme a mí. Un poco de agua —abriéndose paso con dificultad, Ulises vio a un hombre grueso y pelirrojo.
—¿Más agua, Ian? —dijo una sombra, riendo desagradablemente—. ¿No tienes whisky para darle, irlandés?
El irlandés, como lo llamaban, estaba vestido de cura. Tenía profundos ojos celestes y una voz suave, casi chillona. Hablaba con fuerte acento.
—Soy el padre Ian. Así, bebe esto —dijo, llevando a los labios doloridos de Ulises una botellita. Tomó, torpe; el agua rodó por su cuello y su camisa.
—Se te va a pasar —dijo el irlandés—. No tienes que abrir las ventanillas. Para todos hay fuego. Quema. Duele. Tratamos de pasar por el Infierno sin sentir mucho ¿entiendes? Después cada cual tiene su infierno privado. Cada cual tiene su falta. Toma agua. Así. Te lavo la cara. Tienes rasguños.
Se inclinó sobre su cara y le dijo al oído:
—Eran banshees. Anuncian tu tránsito a la muerte. No les hagas caso. Debes tener un poco de sangre irlandesa.
Ulises intentó protestar.
—Sangre celta, seguro que tienes. Si no, no te hubieran hablado las banshees. Los demás no las vieron. Yo sí, porque soy irlandés.
—Eran arpías —susurró y se sintió caer nuevamente.

Descendieron en un páramo gris, entre vahos de niebla densa. Sus compañeros de viaje, tenues como sombras, se alejaron con pasos lentos, cabizbajos, hasta desaparecer entre brumas, en una tenebrosa Boca del Infierno. Era un pasadizo entre dos grandes rocas, estrecho, con las paredes cubiertas de musgo grisáceo. Las dos altas rocas lo dominaban todo, bajo un cielo rojizo en el que rondas de aves negras danzaban en un oscuro presagio. Silbaba un persistente viento cálido que arrancaba motas de polvo rojo a la tierra apisonada.
Cada fantasma que entraba por la boca del pasaje misterioso desaparecía sin dejar rastro, como volatilizado en el aire.
Ulises tuvo la extraña sensación de que se había hecho realidad un sueño. Tuvo la certeza, de onírico realismo, de que al fin se había rasgado el cuadro de la realidad, y él había pasado por la rotura de la tela, al otro lado.
Vio cómo la dulce Isolda se detuvo un segundo frente a la entrada y, girando la cabeza y los hombros, miró a Ulises y sonrió, triste. Suspiró entonces, caminó y vaciló unos minutos junto a la abertura, luego volvió sobre sus pasos y se dirigió a Ulises con cierta vacilación tímida.
—Tendrás que hacerlo —dijo—. Cada uno de nosotros sabe lo que le espera. Es nuestra única oportunidad de ver al ser amado durante angustiosos minutos. Nos parecerán siglos hasta que bruscamente nos aparten de ellos y nos devuelvan a la tierra donde somos muertos en vida y despojos de lo que supimos ser.
La joven se retorcía las manos. Sufría mucho, comprobó Ulises. Sintió el deseo de besarla. Se acercó.
—La última vez —rogó.
Fue suave y etéreo. Creyó besar un haz de luz, pero ella lo abrazó, el haz ardía y el beso fue milagro y fue el destello de un rayo en su mente, que ardió y murió en la dulce sonrisa de Isolda, otra vez lejos.
—¿Has perdido alguna vez a alguien a quien ames con tu alma? —dijo ella, su voz alejándose, perdiéndose en el eco del valle—. Tal vez aquí la veas, pero te advierto: será duro. Nada es blando ni suave aquí.
—¿Tristán? —Ulises lo preguntó con tristeza melancólica.
—Lo alejan los vientos mientras yo intento darle alcance. Cuando por fin le doy un beso, el viento nos aleja de nuevo y yo debo volver a esa tierra ingrata donde soy un fantasma insomne. —Parecía que trataba de explicar un dolor inabarcable, inexpresable, y lo sabía.
Isolda extendió su mano y la mano grácil de la sombra se estrechó con la otra, la fuerte mano de Ulises. Entonces la muchacha caminó los pasos que la separaban del pasadizo y rápidamente desapareció en él.
Ulises respiró hondo y lentamente miró a su alrededor. Nadie a su izquierda, nadie a su derecha. Nadie delante ni detrás. Estaba solo en el páramo. Las imponentes rocas de piedra roja le daban su sombra, amenazantes. Cuánto más las miraba, más temor le infundía, peligrosa, la promesa de un derrumbe. Sentía que ese pasaje estrecho debía ser asfixiante, como la garganta de un viejo gigante maligno.
Pensó. No había nadie amado que desease ver o no lo había que no tuviera grandes reproches para hacerle.

Aspiró una gran bocanada de aire para insuflarse fuerzas, cobró valor y caminó hacia la angosta boca que partía la montaña.

 


Sobre la autora

Foto: Marcelo Sevitz

Paula Ruggeri (Buenos Aires, 1970) es autora de relatos, poemas y ensayos que se han publicado en medios de Argentina, España, México y Venezuela. Con éste lleva publicados cinco libros: El gran compendio de las criaturas fantásticas (Barcelona, 2005), un recorrido por la historia de las criaturas mitológicas y sus leyendas; Lugares misteriosos (Buenos Aires, 2007), sobre la misma temática; el libro de poesías La rosa encarnada (Buenos Aires, 2009) y la edición crítica del Archivo Americano (Buenos Aires, 2009), publicación del siglo XIX. Se desempeña como productora editorial y mantiene un activo blog humorístico y literario: Informe forense sobre la naturaleza muerta

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