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EL DÍA DEL MINOTAURO, de Thomas Burnett Swann
157 páginas
Formato: 20 x 14 cm.
ISBN 978-987-22090-2-5

Traducido por Luis Pestarini
Biografía crítica de Swann por Robert A. Collins
Diseño e ilustración de tapa: Carlos Daniel Joaquín Vázquez

 

Novela seleccionada por David Pringle para Literatura fantástica: las 100 mejores novelas.

Novela finalista del premio Hugo.

En su huida de los salvajes aqueos que invaden Creta en 1500 a. C., dos hermanos adolescentes se internan en el País de las Bestias, una región habitada por centauros, dríadas, monos azules y regida por el Minotauro. Recorrida por un erotismo juguetón y por la sombra de la tragedia, El día del minotauro narra a la vez el pasaje de la adolescencia a la adultez y el avasallamiento del hombre sobre la naturaleza y los seres que viven en armonía con ella.

“Un escritor notable. Escribe con felicidad y belleza más allá de las tendencias y las modas. Escribe su sustancia dorada a su propia manera.”
Theodore Sturgeon, en The New York Times

“Las fantasías neo-románticas de Swann del pasado son únicas. Utiliza la materia del mito pero con giros e invenciones propias.”
Baird Searles, en The Village Voice

“Los lectores de las fantasías de Swann hace largo tiempo que descubrieron su capacidad para darle vida a la mitología en sus escenarios antiguos y clásicos. Pero estos escenarios mitológicos son telones de fondo para sus personajes, y estos personajes probablemente son más importantes para valorar su contribución a la literatura fantástica del siglo XX. Otros autores han regresado a Creta, Grecia y Bretaña con igual —sino mayor— éxito, pero pocos autores, tal vez sólo él, sumaron a esto una población tan extraordinaria de personajes humanos y bestias. Su principales protagonistas siempre están en armonía con la naturaleza, y son caprichosos y sensuales en sus búsquedas de un alegre carpe diem que está en todas sus novelas y cuentos.”
Roger Schlobin, en Extrapolation

Thomas Burnett Swann (1928-1976) fue un reconocido poeta, crítico y narrador, recordado especialmente por sus relatos ambientados en mundos de la mitología clásica —griega, egipcia, británica—, donde el hombre amenaza con destruir los mundos preindustriales que habitan centauros, sátiros y minotauros. Narradas siempre de un modo ameno y vivaz, en sus historias siempre subyace un erotismo sin culpas y la tragedia de la pérdida.
Entre sus obras destaca la ‘Trilogía del Minotauro’, tres novelas que pueden leerse de manera independiente —incluso fueron publicadas en orden inverso a la cronología interna—, compuesta por El día del minotauro (1966), The Forest of Forever (1971)y Cry Silver Bells (1977). También sobresalen The Weirwoods (1967), The Goat Without Horns (1971), The Tournament of Thorns (La mansión de las rosas, 1976) y The Minikins of Yan (1976), y el cuento “Where is the Bird of Fire?” (“¿Dónde está el Pájaro de Fuego?”, 1962).

 


Fragmento

Ella observó a sus captores alejarse con las antorchas como botes de pesca en la noche, dejándolos en una oscuridad que parecía sofocar sus sentidos como un sudario de lana negra. El aire estaba cargado con los excrementos de los murciélagos. Ícaro apretó su mano, un poco como protección, otro por miedo. Ella también estaba asustada; mucho más que él, suponía, dado que las cuevas, los acantilados y los ríos rugientes, los rostros feroces de la naturaleza, eran familiares a Ícaro por su errar por los alrededores de Vathypetro.
—Probablemente —dijo Ícaro sin rastros de reproche—, si lo hubieras alcanzado en algún otro lugar, no se hubiese enojado tanto.
—Ningún otro lugar lo hubiera detenido.
—Por cierto, había que detenerlo —estuvo de acuerdo Ícaro—. Lo escuché gritándote. Y todo por un beso.
No era momento para explicarle cómo eran las cosas. La cueva, por supuesto, pertenecía al minotauro.
Lo atrajo hacia ella y sintió su gran cabeza contra su hombro.
—Perdóname —dijo ella—. Perdóname, hermanito.
—Pero si yo quería ir al País de las Bestias —le recordó, no lo suficientemente asustado como para evitar un sentimental intercambio de palabras cariñosas—. Ahora aquí estamos.
—Pero no querías ir a la Cueva del Minotauro.
—Pérdix nos traerá suerte.
—No contra los minotauros. Son demasiado grandes.
—Tal vez éste salió a cenar.
—Temo que cena en casa. Shhhh —dijo Thea—. Escucho…
Escucharon unos ruidos de pisadas (¿de pezuñas?), y luego un gemido bajo y prolongado que se hizo más profundo y se convirtió en un bramido de un toro furioso que helaba la sangre. La náusea subió hasta la garganta de Thea como la pata peluda de una araña.
—¡Diosa Madre, viene hacia aquí! —gimió el muchacho.
—Debemos separarnos —dijo Thea—. De otra manera, nos atrapará a ambos a la vez. Intentemos deslizarnos a su lado en la oscuridad y encontrarnos en la entrada de la cueva.
—¿No será capaz de vernos? Ésta es su guarida.
—No puede perseguirnos a ambos a la vez.
—Déjalo que me persiga a mí primero. Si es lento corriendo, puedes tener una oportunidad.
—Él decidirá por sí mismo. —Thea a la vez contaba y tenía la esperanza de que la eligiera antes que a su hermano. Si el minotauro sumaba los instintos de un hombre a los de un toro, tendría que preferir una muchacha a un muchacho.
Aflojó la mano de Ícaro. Los dedos de él se resistieron; la abrazó rápida e impulsivamente y se lanzó delante de ella, moviéndose de oscuridad a oscuridad, rozando con sus sandalias el suelo de la cueva. Ella comenzó a llamarlo por su nombre. No, no tenía que alertar al minotauro. Comenzó a palpar su camino junto a las paredes; su humedad rezumaba como sangre entre sus dedos. Una vez trastabilló y se cortó la rodilla con estalagmitas, porque llevaba la falda corta y no la que tenía con forma de campana con la que había recibido a Ayax. Cierto hedor impregnaba el aire, rancio y dulce al mismo tiempo: carne putrefacta y sangre seca. Ella se detenía a menudo para recuperar el aliento; el miedo la había agotado como si estuviera enfrentado una marea fuerte y fuera arrastrada a la playa entre las maderas flotantes y las conchas. Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y distinguieron las puntas de las estalactitas que colgaban desde el techo como algas marinas flotando sobre la cabeza de un buceador.
¿Por qué, se preguntó, temo más al minotauro que a Ayax y sus asesinos? En Cnosos había asistido a menudo a los Juegos del Toro; una vez, es verdad, habían empalado a un muchacho, pero el toro no había sido sanguinario. El muchacho había tratado de dar una voltereta sobre el lomo del toro pero había caído sobre sus cuernos. El animal había parecido más sorprendido que asesino; había bajado los cuernos para ayudar a que los asistentes retiraran el cuerpo.
Algunos sonidos, apagados y tenues (¿la voz de Ícaro, tal vez?). Luego otra vez el bramido prolongado y estremecedor.
Un toro que camina como un hombre, eso era terrorífico. Camina sobre dos piernas. Piensa con astucia humana, odia con calculada crueldad humana. Un híbrido de hombre y bestia, monstruoso al ojo, monstruoso al corazón, y exultante con fría malevolencia.
Anhelar a Ícaro silenció sus temores. El indeciso toque de su mano, impaciente como un ratón de campo. La cabeza grande, que no era realmente grande salvo por su corona de pelo, y las orejas en punta que no dejaban que el pelo las ocultara. Los juegos infantiles y el coraje poco infantil. Ella se mordió la lengua para evitar llamarlo. Dio un giro y miró hacia arriba, directamente hacia los ojos del minotauro, y a su pelo rojo enmarañado.

Del Capítulo II: El Minotauro

 


Fragmento de la biografía crítica

Hombre refinado, Swann estaba “casi solo explorando este aspecto del comportamiento humano”, al menos entre los escritores que se volvieron importantes en los ’50 y ’60. La ternura genuina de las emociones de sus protagonistas fue malinterpretada a menudo. Lin Carter, haciéndose eco de Barbara Bannon, se quejó de una ‘dulzura empalagosa’ y de una ‘Disneyficación’ de algunos de sus personajes., ignorando las ocasiones en las cuales los mismos personajes actúan con una determinación estoica, incluso sombría. En una era de violencia organizada y del Movimiento de Libertad de Expresión, la ternura no estaba a la moda, pero fueron los lectores los que lo comprendieron mejor: “Para mí es difícil dejar las obras de Swann”, escribió Barry Eysman.

Encuentro en la compasión de sus criaturas un consuelo bienvenido, algo difícil de hallar en nuestra sociedad... Por encima de todo... está la lealtad: la lealtad de Jonatán con David, de Zoe con Eunostos, de Charlie con Skimmer... Es una lealtad de seres creativos y queribles, seres que se aman... Se respira fuego y horror y están basados en... la bondad.     

El tratamiento del sexo es otro aspecto de la obra de Swann que no se encuentra de moda. En una era de pornografía legal y orgasmos casi obligatorios, los personajes de Swann generalmente se comportan con gracia y moderación. Y, sin embargo, el sexo es importante, una motivación fundamental en cada novela, a veces la suprema. Extrañamente, la libertad de seguir los deseos de uno, sin considerar las restricciones de las instituciones sociales y legales, es un tema fundamental en todas ellas. Lo que engaña es la saludable simplicidad con la cual los personajes de Swann, humanos y prehumanos, persiguen sus deseos. El tratamiento del sexo expresa una libertad ideal y universal para amar, sin pruritos. Como un lector señaló (refiriéndose a The Minikins of Yam, en la cual la heroína es una cortesana): “Swann es la única persona que conozco que puede escribir un libro sobre una puta adecuado para los doce años.” Y, no obstante, el truco es bastante simple: elimina la culpa, basada en la convicción de que el sexo es sucio, y el resultado es natural e inocente. Los temas de Swann, los sátiros, las ninfas, las cortesanas, las diosas de la fertilidad, fácilmente pueden conducir a la pornografía; unos de los triunfos de su estilo es que nunca lo hacen.

           

Tampoco está ausente el humor relacionado con el sexo. La generosa Zoe, la driada, hace bromas tiernas sobre sus amantes centauros: son todas patas y es imposible dormir con ellos.

 


Qué se escribió sobre el libro

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